Cinco letras, dos palabras y un sentimiento. Hace no mucho que, a pesar de las advertencias de mis amigos y mi negativa ante lo evidente, lo sentí, pensé y lo dije. No me arrepiento y no me culpo.
Por primera vez, en mi lamentable condición depresiva, escuché, luego de oírlas infinidad de veces, Crímenes Perfectos y Me estás atrapando otra vez, un par de canciones con las que, por un momento, Andrés Calamaro se sentó, acompañado por su guitarra, en el sillón de enfrente para platicar sobre mi situación.
Se inclinó hacia mi, colocó su mano sobre mi hombro y me preguntó: "¿Sentiste alguna vez lo que es tener el corazón roto?". Asentí con la cabeza. Con los ojos húmedos comencé a recordar aquellos tiempos en los que despertaba pensando si la iba a ver; donde me quebraba la cabeza inventado chistes para hacerla reír y contemplar su hermosa sonrisa; donde cualquier cosa era un buen pretexto para decir "te quiero"; cuando mis palabras amaban.
Calamaro sostuvo: "ella no va a volver". La pena comenzó a crecer dentro de mi. Yo me lamentaba al pensar que todo lo que hice nunca fue suficiente. La sola presencia de aquella dama cruel me obligaría a esconder mis heridas, pues mi intento por dejarla, irme lejos y no volver, fracasó. Andrés echó un volado y, mientras el disco metálico se encontraba en el aire, comentó: "todo lo que termina, termina mal; y si no termina, se contamina más". Regresó la pieza al suelo cuando puntualizó: "La moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor".
Mientras la presencia del cantautor argentino se esfumaba y me presentaba como el único responsable del futuro de mi vida afectiva, decidí esperar el momento en que aquellas cinco letras, dos palabras y ese sentimiento, vuelvan a sentirse, pensarse, decirse y tener eco.